El arte de despedir el día
Hay atardeceres que no necesitan palabras; basta con detenerse a contemplarlos.
El Popocatépetl permanece majestuoso mientras el sol se despide, pintando el cielo de fuego, lavanda y azul. Abajo, la ciudad continúa con su prisa, sus pendientes y sus preocupaciones, mientras allá arriba el horizonte nos regala una lección silenciosa: todo tiene su tiempo.
El día se retira sin aferrarse a la luz. El cielo cambia de color sin miedo a dejar de ser lo que era. Y la montaña permanece, recordándonos que no todo lo que cambia se pierde, ni todo lo que termina deja de ser hermoso.
Quizá vivir también consista en eso: aprender a contemplar lo que tenemos mientras sucede, agradecer lo que nos acompaña y permitir que cada etapa llegue a su fin sin convertirla en una batalla.
Porque la vida no siempre nos pide hacer más, correr más o llegar más lejos. A veces, nos invita simplemente a mirar por la ventana, respirar profundo y reconocer que, incluso en medio de nuestras incertidumbres, existen instantes capaces de devolvernos la paz.
Hoy, el Popocatépetl no solo contempla el ocaso; nos recuerda que ser libres también es aprender a detenernos, disfrutar el presente y dejar que la vida siga su curso.
Hay días que se recuerdan por lo que hicimos y otros que permanecen en el corazón por lo que nos hicieron sentir




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